Crónicas: La Ouija

Publicado: agosto 17, 2011 en Crónicas, Reflexiones, Sociedad, Soy Yo

Nueva sección en el Blog. Un giro literario que quizás no posea una calidad especial, pero que nace para airear mi necesidad personal de escribir material al margen de la crítica política y social. Espero sus opiniones e insultos. Cualquier acción se agradece, excepto la indiferencia.

Crónicas: La Ouija

Hace una semana que estoy de vacaciones y el frío infernal del invierno canadiense hace estragos en mis huesos. Estos momentos son lo que te hacen extrañar el intenso calor de climas más tropicales, especialmente a los que mi natal ciudad de Maracaibo me tenía acostumbrado. A pesar de tener 3 años por estos lares, cada 9 meses me lamento profundamente de aquellos momentos donde anhelaba vivir en otro país, donde reinara un clima lleno de blanca nieve y poco inundada por el maloliente sudor del vecino en el microseis. Creo que aceptaré el traslado a México, en el DF hace frío también, pero nunca como en este averno congelado.

Frente a la parada del autobús se levanta una pequeña tienda de variedades. Cerró hace un par de meses, cerca del día de brujas, por lo que aún conserva la decoración correspondiente. Adorna su vitrina un tablón de Ouija: Puñalada al estómago y un aire caliente recorre mi cuello. Dicen que por muy lejos que uno se encuentre de su lugar de origen, siempre te perseguirán las sensaciones propias del hogar. Ese aire caliente no era la respiración ajena de un acosador, ni mucho menos la de un espectro, era el calor fulminante que se siente a las 12 del mediodía en plena Avenida 5 de Julio de Maracaibo, cuando el carro por puesto te suelta en el pavimento, y por reflejo aprendido en la costumbre, la mano se desplaza hacia la frente buscando protección del sol.

Era 29 de octubre del año 94, Ignacio se acababa de graduar de bachiller y la pelazón de bolas que lo invadía mientras esperaba el cupo en LUZ le había encendido el motor de las malas ideas. Ese mediodía nos invitó a Camilo y a mí a su apartamento. Andrés no pudo ir, tenía lechina, su primito Jaime, de seis años, contrajo piojos y lechina durante el primer mes de clases. Nunca supimos si Andrés se contagió de ambas plagas.

Ignacio nos convidó a asomarnos por la ventana. Frente a Fin de Siglo, en medio de la Avenida 5 de Julio, había una casa de aspecto ciertamente tétrico. Tanto sus puertas como ventanas se encontraban tapiadas. Grafitis con motivos “satánicos” adornaban sus paredes y la maleza se alzaba alrededor de la estructura, creo que todos coincidimos en la misma sensación de escalofrío por la espalda. Los rumores marabinos contaban que las causas de su estado se debía a que allí, en medio de sus cuatro paredes, una labor de exorcismo se había llevado a cabo, dejando a la posesión diabólica encerrada.

Quien viva o haya vivido  en Maracaibo puede corroborar la historia. Seguramente cada familia que la conozca tendrá una versión distinta de la misma, dependiendo por supuesto de sus fuentes y de la fuerza imaginativa de estas últimas

“Katrina pasó por allí anoche, dice que se escuchan murmullos y gemidos”, dijo Ignacio. Katrina estaba media loca, imagino que todavía lo está. Iba en el mismo año que Camilo y yo, y había entablado una buena amistad con Ignacio. Katrina siempre había tenido un aspecto extraño, largos cabellos negros, tez pálida y lentes fondo de botella. La clásica muchacha poco popular y agraciada que se sienta de última en la fila.

“Pasado mañana es 31 de Octubre, día de brujas, y el primero es día de todos los muertos”, dijo Ignacio. “Katrina me ha dicho que podemos ir con ella a hacer una visita el 31 a las 11” Las malas ideas eran el fuerte de Nacho, pero está había llegado un poco lejos. A las 11 de la noche, en pleno 5 de Julio, “le temo más a los vivos que a los muertos” les dije. “No seas cagao Walter, vente, de que nos viole un espectro no pasa” exclamó entre risas Camilo. Accedí como un bolsa, yo que me vanagloriaba de no caer ante la presión de las masas.

Andrés me llamó el domingo en la mañana: “Ustedes están locos pedazos de maricones, acaso no saben que por ahí se meten los periqueros a fumarse su vaina. Eso fue idea de Ignacio seguro, hasta que no se lo coja un negro en un callejón no se va a quedar quieto”. Lo mismo pensé yo- le dije- pero ya me comprometí: ¿Qué coño quieres que haga?

Ese día pasó más rápido de lo que quería, y la mañana del lunes se perdió de vista. Historia, receso, geografía económica, segundo receso, educación física e inglés precedieron al sonar del timbre de salida. Ese día me fui a almorzar a casa de Camilo, al otro día no había clases, sabrá Dios que razón estuvo detrás de la suspensión, ahora no recuerdo, el temor bloqueó mi capacidad de retención en ese momento. Le dije a mi mamá que me quedaría a dormir a que Camilo, que aprovechando el martes libre, nos íbamos a poner a hacer un trabajo-resumen de la Ilíada y La Odisea. Nunca toqué el maldito libro.

Debían ser aproximadamente las 10:45 de la noche cuando Ignacio llamó a la puerta. Sólo 10 cuadras nos separaban del sitio, sin embargo, Ignacio encontró prudente tomar prestado el carro de su padre, por si había que emprender una rápida huída. Katrina iba en el asiento delantero de la “Samurái” negra del Sr. Cardozo. Un vasito de tequila, un bolsito negro  y un tablón de Ouija cubrían su regazo.

Llegamos al sitio. El barullo de la gente transitando por la siempre atestada avenida ya había desaparecido. A lo lejos, muy a lo lejos, podía escucharse un ritmo tropical, quizás interpretado por Miguel Moly o Karolina con K, no lo sé, nunca fui fanático de esas manifestaciones nacionales. Un borracho indigente cubierto por un cartón era la única señal de vida a lo largo de la cuadra. A lo lejos, quizás a unos 300 metros, podía verse una prostituta, no sé, quizás un transformista, la vista no daba para identificar el bulto incriminador. El Fin de Siglo, con su letrero rojo apagado, daba la ilusión de calle abandonada, de pueblo fantasma, de ciudad arruinada por la guerra. El ambiente era denso, especialmente alrededor de los muros de la casa. Ignacio se abrió paso sobre la desvencijada verja y se paró en un claro rodeado por la maleza. Preguntó, con cierto temblor en la voz: ¿Te parece bien este sitio, Katrina? Ella asintió, a medida que se acercaba al lugar.

Se sentó sobre sus rodillas y sacó dos velones blancos que encendió con un encendedor plateador. Camilo y yo observábamos de pie, sosteniendo los dos una linterna que habíamos tomado del botiquín de emergencias de su casa. Desde el golpe de febrero del 92, el padre de Camilo – perezjimenista y medio facha – guardaba en su clóset varias linternas, unos cuantos juegos de baterías y una buena dotación de alimentos enlatados que sustituía a medida que pasaba el tiempo. La paranoia, al igual que el cabello negro azabache, eran cualidades que Camilo había heredado del viejo Pineda.

“Arrodíllense, por favor, a cada uno de los lados de la tabla” Dijo en voz baja Katrina. Desconfiados, y mirándonos al rostro con temor, Camilo y yo obedecimos con anormal sincronía. “Posen su dedo índice izquierdo sobre el tope del vaso y cierren los ojos”. “Con la verga ¿Tú estás loca? Cuándo me vea es al huele pega clavándome un destornillador, no vale, tu si tienes bolas Ignacio” Exclamó Camilo. “Pero no y que tú eras el arrecho, hasta convenciste a Walter, ¿Acaso yo te puse un revólver en la cabeza?” Le respondió Ignacio. Vamos a salir de este peo y ya, le dije resignadamente.

Cerramos los ojos, y esperamos unos segundos que parecían horas. Parecería imposible que en la Maracaibo del sol ardiente pudiera sentirse frío, pero esa noche el ambiente se encontraba innegablemente helado. Katrina profirió unas palabras  que en resumen invitaban a los espíritus presentes a manifestarse. “Abran los ojos”, dijo Katrina. Abrí un ojo primero, y otro después, como si los párpados pudiesen protegerme del peligro de un espectro agonizante. “Ahora iniciaremos la sesión”.

Los esfínteres tienen la capacidad de evitar el paso de un fluído de un lugar a otro. De no ser porque había descargado mi vejiga minutos antes en casa de Camilo, hubiera jurado que me hubiese meado en ese instante. Las linternas, que habían estado encendidas antes de cerrar nuestros ojos, ahora se hallaban apagadas. “No suelten el vaso” Gritó Katrina ante el amago de huída de Camilo.

“Marico, marico, la linterna está apagada” Exclamó Ignacio, señalando mis manos y las de Camilo. “No se desconcentren” pidió Katrina, “Puedo sentir la presencia de una entidad, no enciendas la lámpara – refiriéndose a Camilo – quedémonos a la luz de las velas. Pido nuevamente, manifiéstense entes del más alla” El vaso empezó a moverse.

“¿Cómo te llamas? Preguntó Katrina. La tabla empezó a crujir y el vaso a tambalearse de manera incontrolable. La vela más cercana a Ignacio, se apagó repentinamente y el sonido de un pájaro hueco perforó la solemnidad de la sesión – En Maracaibo, e intuyó que en otros lugares, se considera el paso de un pájaro hueco como de mal agüero, anuncia la muerte de uno de los presentes – Enseguida, pasos lentos y pesados empezaron a aproximarse por el lado izquierdo de Camilo. El sonido constante de la maleza triturada por el andar de lo que fuese que se acercaba se hacía cada vez más fuerte. La oscuridad no permitía distinguir el que o lo que nos acechaba. El miedo era otra excusa para evitar voltear hacia ese lado. Una mano se posó sobre el hombro de Camilo, que como reflejo natural, empezó a soltar improperios: “!COÑO, COÑO, COÑO, LA PUTA QUE ME PARIÓ Y A TI TAMBIÉN IGNACIO, AQUÍ QUEDÉ, AQUÍ QUEDÉ, EL COÑO DE SU MADRE!”

“Siempre la misma huevonada por estos días, después los mata un piedrero y ¿De quién es la culpa? De los policías, como siempre, al perro más flaco se le pegan las garrapatas. Galindez, aquí están los carajitos” Un Policía Regional, de tez oscura y prominente estómago, levantaba con inusual facilidad los 70Kg de la humanidad de Camilo. “Se me salen, se me salen ahora” – entró gritando  a la vez que chasqueaba los dedos el otro funcionario.

Camino al auto el relleno policía nos contaba como todos los años, especialmente por estos días, era común el encontrar niños y jóvenes merodeando la zona. A veces en busca de un susto, o una emoción que se convierta en tema de conversación, terminan sin zapatos o sin cartera, asaltados por los drogadictos e indigentes de la zona.

“Mirá, por aquí tienen años contando que se oyen espantos. Dicen, pero mirá que arrecha y exagerada es la gente, que aquí y que le dieron matarile a toda una familia. Que te digo yo, que tengo 15 años como policía y nunca me enteré de esa vaina. Yo tengo un muchacho también, como de su edad, como de 15 años, cuídense no joda, que uno se friega mucho para mantenerlo para que después los maten como unos pendejos”

“Gracias oficial, no lo volveremos a hacer” dijo Ignacio. “Dale, te voy a tomar la palabra. Mirá, ¿Por casualidad no tendréis un sencillo que te sobre por ahí?  Pa ´que me completéis para los frescos” Entre los cuatro hicimos una vaca y se la dimos al amarillento policía. “Gracias mi pana” Profirió, mientras se guardaba los billetes en el bolsillo.

“Todavía hay un par de cosas sin explicación” Exclamó Ignacio mientras encendía el vehículo y con ello “Cuando pase el temblor” de Soda Stereo. “¿Cómo se explica la apagada de las vela? O el movimiento del vaso”. Camilo y yo nos observamos, cómo si telepáticamente nos hiciéramos mutuamente la misma pregunta. Katrina levantó tímidamente la mano: “Yo moví el vaso. Pensé que quizás necesitaría un poco de estimulación. Disculpas de pana, muchachos, no fue mi intención asustarlos en vano”. “¿ASUSTARNOS? ¿QUÉ CREES? Casi me meo los pantalones ahí mismo” Dijo Camilo. “¿Y la vela? ¿Cómo se apagó?” Pregunté. “Creo que cuando me agaché la apagué sin intención” Dijo Ignacio.

“Bueno, eso parece explicar todos los aprietes de nalgas de esta noche” Exclamé, a la vez que se encendían las carcajadas en el interior del vehículo. A las 12:45 am del 1 de noviembre – día de todos los muertos – ya Camilo y yo nos encontrábamos en su apartamento preparando la colchoneta donde me disponía a dormir esa noche. Ya acostados, Camilo dice: “Walter, recuérdame mañana en la mañana volver a poner las linternas en la cómoda de mi padre” “Dale, mijo yo te recuerdo, si por casualidad se da cuenta, bueno ahí sí que le cayó mierda al ventilador” Cerramos los ojos, el cansancio tanto físico como emocional de la noche nos había tumbado como Foreman tumbaría a Moorer un par de días después, por el título mundial de los pesos pesados.

Parece que un encendedor hubiera sido activado simultáneamente en Camilo y en mí, los dos dimos un brinco sobre la cama y nos observamos con una mirada de temor que pocas veces en la vida he podido presenciar. El teléfono sonó inmediatamente. Camilo contestó, no sin antes persignarse. Dos segundos de tensión. “Coño Ignacio eres tú” Dijo Camilo. “Loco, las linternas, las linternas loco, quien las apagó ¿Ustedes las apagaron” Exclamó con la voz quebrada Ignacio – Camilo había activado el altavoz – “Pana, tengo 20 minutos hablando con Katrina, ella dice que no las apagó, díganme que ustedes lo hicieron, que estoy sólo en la casa y si no es así se quedaron sin cola para el cine”. No miramos a la cara, e instintivamente exclamé silenciosamente: “Dile que sí”. “Si, nosotros las apagamos, yo la mía y Walter la suya” Le dijo Camilo.

Creo que ninguno de los dos dormimos esa noche. Después de par de horas discutiendo todas las posibilidades que pudieron ocasionar el repentino apagado de los faros, decidimos dormirnos, o al menos intentarlo. Al otro día probamos las linternas con las baterías que tenían esa noche: Funcionaron a la perfección. Las guardamos en el gabinete y juramos, sin ningún tipo de ritual formal, el más nunca utilizarlas. Más tarde ese día contamos a Ignacio la verdad. Ignacio es blanco, pero la tonalidad que describía su rostro en ese momento iba más alla de su palidez normal, era un nuevo color, el del miedo por así decirlo. Por un mes el tema se volvió recurrente. Con el tiempo, nuevos acontecimientos solaparon el curioso hecho, el cual permaneció sin explicación por más 16 años, hasta hace un par de semanas.

Antes de salir de vacaciones, debía supervisar unas labores operacionales en un yacimiento al Noroeste de Canadá para dejar registro acerca de unas menudencias de las que debía tener conocimiento quien iba a ocupar mi vacante por estas fechas. Debido a un error de planificación, no pude dejar el sitio antes del anochecer, por lo que tuve que ocupar una de las habitaciones de la infraestructura donde se quedan los ingenieros de guardia. A eso de las 3am de la madrugada, a un supervisor de seguridad se le ocurrió la brillante idea de hacer un simulacro de seguridad, quizás en venganza por un expediente levantado por mi persona hace un año. El asunto es que a cada uno de los presentes se le otorgó una linterna, y cual es mi sorpresa al observar que la misma era idéntica a la que llevábamos Camilo y yo ese día. 5 minutos después, el faro se apaga sin accionar el interruptor. Dejavú al instante: Los pasos del policía y el rostro de Katrina se asentaron en mi mente, el miedo de aquella noche se hace latente nuevamente. “Desactive el Temporizador Ingeniero, Ford siempre olvida recordar eso a los nuevos”

Al parecer estas linternas poseen un temporizador, que con el objetivo de ahorrar energía, provoca que se apaguen a cada tanto tiempo. El pendejo de Camilo no notó que dicho temporizador estaba activado. Al otro día, envié un correo a Camilo explicándole el misterio de la linterna. Confío en que le haga llegar la información a Ignacio y así tranquilizar su trastornada mente. Para los interesados, hasta donde me alcanza la memoria, la casa todavía sigue de pie. La última vez que la ví estaba tapizada con carteles electorales de Manuel Rosales y Pablo Pérez, cosa que a mi parecer, la hace aún más terrorífica. Quizás hoy en día no se encuentre en boca de los marabinos su intrigante historia, aunque muy en el fondo se que ha sobrevivido en el tiempo.

Volteó y veo al autobús partiendo. Inmerso en los recuerdos olvidé totalmente que estaba esperando al bus de las 15:45. Camino a la parada. Saco una hogaza de pan para confirmar lo que sospechaba: Está fría como el culo de un venado, el viento helado la ha arruinado. Calentarla en el microondas la pondrá caliente por un par de minutos, pero le devolverá la dureza inmediatamente. No me preocupa el Bus. En Canadá, a diferencia de nuestras naciones tropicales, el transporte cumple a la perfección los horarios, en 15 minutos pasará otro bus que por seguro me dejará en otros 15 minutos frente a mi puerta. Creo que eso es lo único que voy a extrañar de Canadá.

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